[En Construcción]Capítulo 3: ¡Qué bella es Salamanca!
Bonita, bonita esta Salamanca. No sólo es juerga lo que se respira aquí, si no que además podemos disfrutar de unos maravillosos monumentos. El domingo, después de comer, por fin me dio por ir a ver con un poco más de detalle lo que recoge la hermosa ciudad de Salamanca. Primero, subí por la calle Compañía y pude ver con más detenimiento el precioso encanto que recoge mi universidad, la Pontificia. No soy religioso, pero lo que es bello, lo es. Luego entre al edificio que está en frente, que lo que era “la casa rara con muchas piedras puestas por la fachada, con formas de Conchas”, resulta que es la Casa de las Conchas (¡qué poca imaginación!). Entre a verla porque resulta que es una biblioteca municipal. Y después de subir los 7 escalones de la entrada, entré en un maravilloso patio presidido por un pozo en el centro. Al subir al piso de arriba por unas escaleras debidamente adornadas, me encontré con la fachada de la Pontificia en frente, pero con mayor campo de visión. Las dos grandes torres que gobiernan las vistas de la Universidad se mostraban imponentes desde esa vista. Realmente, con lo poco que había visto, ya me di por satisfecho con Salamanca. Pero es que mi vuelta no terminó ahí, salí de la Casa de las Conchas y fui a ver la fachada de la antigua Universidad. Todos buscaban una pequeña rana que daba suerte… pero, ¡cómo no se fijaban el resto en la maravillosa entrada que tiene! Qué semejante portada sea eclipsado por una anecdótica rana resulta un poquitín triste… pero así es la sociedad actual. Seguí mi camino, sin dejar de ver la majestuosidad de la fachada universitaria hasta entrar en un pequeño recinto cercano, en el que había un claustro con una fuente central solo accesible por varios caminos de piedra que rompían la monotonía del césped. Desde allí podías ver al fondo la parte más alta de la Catedral. Y si la Pontificia era bonita, la Catedral tampoco desmerecía elogio alguno. Como tenía cierto nerviosismo de poder verla de cerca, abandoné aquel lugar, aceleré el paso y apenas volví a mirar la Universidad cuando volví a pasar. Realmente, tenía ganas de ver la Catedral. Y al llegar a ella, empecé a rodearla. Resultaba curioso, porque no parecía que toda la Catedral estuviera construida bajo la misma corriente arquitectónica (¡qué miedo me estoy dando, estoy hablando como si fuese un universitario!).